El otro lugar
El bucle del camino: despertar, hacer café, leer, pensar, respirar, desayunar, organizar. Rodar, parar, replanificar.
Visitaremos un sector y escalaremos al lado del agua. Dos días después, ya habrá interacción social.
Algún amigo nos pregunta: ¿de verdad no saben hacia dónde van? La respuesta es no.
Son vagas ideas y sabemos donde no iremos. Sabemos cuándo nos encontraremos con alguien mas. Lugares específicos, improvisamos.
Hemos aprendido a confiar en mapas y reseñas electrónicas. En la infraestructura de telefonía móvil. En la paciencia para las horas de camino. En las toallitas húmedas para el cuerpo. En la tracción de las ruedas delanteras. En los aislantes de calor y en los mosquiteros. En las propiedades del poliéster y la lana. En los infinitos bosques y en el kit baño. En leer algo antes de dormir.
¿Visitamos museos? ¿Lugares históricos? ¿Comemos en lugares de comida exótica? Tres veces no.
¿Absorbemos la cultura de los lugares a los que vamos?
No olvido conversar con el encargado de un camping en Blagaj. Un simpático Bosniak que estuvo en trinchera de guerra diez años atrás y que nos hizo entender que más allá de ideologías y valores, cuando la guerra llega a la puerta de su casa, las opciones son matar o morir.
Interactuar en Banja Luka con una serbia sin inglés, usando traductor electrónico tanto de idioma como de alfabeto para intentar lavar ropa. Una persona oriunda de una región en resistencia histórica pero también en cierto aislamiento, incluso dentro de un mismo país.
Caminar por Chamonix en verano y sentir el aire acondicionado natural de la canal bajo el puente sobre el Arve glacial, con el Montblanc de fondo. Sentir empatía con el espíritu montañista de la mayoría de las personas alrededor.
Hablar con un tirolés en los alrededores de Garda y entender que el lago es el escape acuático veraniego de cualquier ciudad a dos horas de radio, incluyendo Innsbruck.
Ver a los suizos de Berna usando el río como autopista para llegar más rápido al trabajo.
Y Catalunya. Cada día me fascina más su idioma y me aburren más sus espectacularidades. Soy consciente del magnífico regalo de clima, montaña, mar y amenidades para nómadas del camino. Soy afortunado de aburrirme de estos lugares, pues son mi colchón de estilo de vida. En un día de poco plan lleno mi deseo de montaña en Montserrat, Camarasa o Centelles. O de agua rodando 35 minutos a la costa, inflar el paddle y remar con un buen sol en la espalda. Son once años de inmersión en la cultura de esta tierra.
Sí, la cultura se absorbe. Ósmosis. Vivirlo es más interesante que leerlo.
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La furgoneta es peligrosa. Si nos descuidamos, se convierte en una ventana desde la que observamos sin involucrarnos. La casa siempre a la espalda como concha de caracol. Como en el zoológico, caminamos caminerías y estamos a salvo en el otro lado de la reja.
Lo divertido es la inmersión. El empujar la puerta corredera y caminar fuera. Vivir el otro lugar con intensidad e incorporarlo a nuestro ser.